Solo si nos lanzamos hacia la tiniebla podremos atisbar la lumbre. Como su nombre lo sugiere, Tránsito en las horas muertas, de Samuel Veloz Pazmiño, nos sitúa en instantes lóbregos donde la neblina, la sombra, y la noche definen el color de los espacios donde habita el lenguaje. Es por eso que su tanteo a oscuras propicia una exploración más profunda de lo visual y lo táctil. En la penumbra, los cuerpos observan y tocan, pero, sobre todo, son observados y son tocados. La poesía de Veloz Pazmiño descubre su animalidad a través del cuerpo porque entiende a la carne como imperfección, suciedad e instinto. Al mismo tiempo, sus versos son conscientes de la frontera ineludible de todo cuerpo: el cuerpo del otro. Los cuerpos desafían esa frontera sensorial para sentir(se) en los demás cuerpos. La visión y el tacto prefiguran el resplandor capaz de esclarecer ese lenguaje corporal que es barro, polvo, y tizne. El poema, por más oscuro que pinte, siempre nos ofrecerá luz.
Juan Romero Vinueza, Poeta ecuatoriano y Escritor